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UN PORTEÑO DE LEY
Homenaje a Homero Manzi en
el Centenario de su nacimiento
Ella era, Mara Sukova, la artista genial, la soprano admirada en todo el mundo. Y yo, un porteño del treinta, nacido en Balvanera, en calles adoquinadas con sabor a tango; su administrador. Quien debía asegurarle que todo se concretara sin ningún tropiezo. Solo en la intimidad podía sentir quien era, su amante; no solo la persona que vivía a su sombra, en los momentos en que ella, era la figura, la estrella, la imagen rutilante. A solas, me convertía, entonces, en el personaje principal que dominaba la escena. En ese instante ella era, Marita, la sumisa mujer que se rendía en los brazos de un porteño de ley, el mejor intérprete de la obra que se representaba a puertas cerradas, sin público, sin adulones y sin histerias colectivas.
Recordaba con rencor y tristeza lo sucedido apenas unos instantes cuando me retiré de su departamento, y mientras esperaba el colectivo que me llevaría al cuarto de la pensión, el frío era tan intenso, que había formado en ese pequeño charco de agua, una fina capa de escarcha. Para colmo de males no paraba de llover. Los relámpagos formaban figuras grotescas que parecían burlarse de mi malestar y los truenos repetidos reproches.
Había visitado a Marita, para pasar con ella un rato agradable, y acompañarla en este tramo de su vida que no era el mejor, y todo terminó en recriminaciones, que si bien alguna razón tenía, no era para atormentarme de esa manera. Yo había dejado muchas cosas atrás; cambié mi barrio y mis amigos, por países desconocidos, idiomas que no entendía, para seguirla a ella, la cantante lírica cuya voz no lograba ya, los registros que la habían hecho famosa tiempo atrás, antes de que se dedicara a ese vicio destructivo y deplorable. Aún me dolía su reacción cuando le expresé de la mejor manera, que no podía acompañarla en su propósito, que en un principio me sorprendió, y luego rápidamente deseché. Tuve la delicadeza de rechazarla, con explicaciones que no la humillaran, teniendo en cuenta el tiempo unido casi como pareja, porque hasta en ocasiones, compartíamos el departamento que le había alquilado, al fracasar su último concierto. Fue suspendida su temporada soportando el empresario un fuerte déficit, por haber confiado en su nombre y su currículo, logrado a través de grandes actuaciones en los más importantes teatros y no estar enterado que ella, era ya un despojo de aquella gloria.
Cuanto más pensaba en lo sucedido, menos razón le encontraba a su reacción, luego de mi rechazo a su propuesta. Ésta era de por si desatinada, y en el estado que ella se encontraba, se tornaba descabellada, y yo no estaba en condiciones monetarias ni anímicas para acompañarla en tal desacierto. Siempre había apoyado sus iniciativas, sugiriéndole con la experiencia recogida, sutiles cambios, necesarios para no tropezar con inconvenientes a la hora de realizar lo proyectado.
-Marita no es conveniente que interpretes “La Bohème” en esta época del año.
–De acuerdo, se que tu consejo será siempre lo mejor para mí.
Ella no manejaba la parte comercial de su profesión y para eso estaba yo, programando sus conciertos y propiciando los contactos con la prensa. Recordaba con nostalgia, los pasajes de la carrera de Marita por los mejores escenarios de Europa. Mi recuerdo se llenaba de los aplausos interminables que rubricaban sus actuaciones; agasajos en los mejores hoteles, saludos de personalidades que disputaban un espacio para acercársele y lograr un autógrafo. Los asedios de funcionarios que, por su importancia política, creían tener alguna posibilidad de un encuentro de otro tipo, a veces alentado por ella misma, llena de una aureola de voluptuosidad, no solo cuando interpretaba alguna obra que así lo exigiera, sino que en todo momento su figura, su forma de vestirse, incluso de mirar, impregnaba el instante, de un halo no solo de sensualidad, sino también de un sutil erotismo.
Mi alma tanguera me trae un verso de Homero, “se hace amarga, en la sal del recuerdo”, y aparece esa sensación de decepción y hasta enfado, por su reacción intespectiva al negarme a acompañarla en su proposición de convertirse en… ¡Cantante de tangos! Precisamente eso, ¡Cantante de tangos!, la música que llevo en el alma desde mi adolescencia, donde en mi barrio no se escuchaba otra cosa que esa música arrabalera, llenando nuestros sentimientos en esas interminables reuniones escuchando a poetas como Discépolo, Contursi, Cadícamo y otros.
Y el inigualable Homero Manzi, “el poeta de las cosas que se fueron”, como lo definió Discépolo, y de quien alguien dijo a su muerte, “para esto no hay reposición”.
Sus tangos; impregnados de una sensibilidad y tristeza, parecían venir desde el fondo de su alma, brotando como relámpagos de dolor o de furia, por el desamparo, el desamor, o la incomprensión del mundo hacia sus semejantes, volcado en versos inolvidables: “se arrima al corazón que sufre más”.
No podía aceptar que se le ocurriera en el ocaso de su voz, que alguna vez fuera de un impecable registro de soprano, y que ahora enronquecida por el alcohol, surgiera como una contralto pastosa y oscura, recitara con voz aguardentosa los tangos que fueron escritos, no para que alguien en su crepúsculo se apropiara de ellos para subsistir, sino para que fueran interpretados con la mayor plenitud y sentimiento.
Me negaría totalmente que, borracha perdida, insulte a nuestra música ciudadana, la música de nuestros poetas, de nuestras más sublimes, recónditas, emociones y pasiones. No se lo voy a “chantar” en la cara, no quiero herirla más de lo que ella, ya se hirió, pero por dentro lo pienso; ¡Que ya me cansé, que ya me harté, parado en esta esquina, mientras espero este colectivo que no viene, de tener tanta consideración hacia ella!
¡Que no me joda con cantar tangos, que se vaya a vocear “duraznos a cuarenta el ciento” como en la época de Discepolín, que se aguante, “el dolor de no saber olvidar”, que deje al tango con sus leales interpretes! Y con todo el dolor de mi alma, porque… todavía la quiero… que se arregle como pueda, pero, que no se meta con el tango.
Quédese tranquilo Don Homero, que antes que abra la boca para cantar un tango, esta mina rantifusa, se la cierro de un piñón… y eso… y eso que todavía la quiero.
Ahí viene el “bondi”, me lo tomo y me voy para la piecita, “mejor, antes de que amanezca
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